Recordando a Japón


En las zonas más altas de Jerte, del Valle del Jerte, aún podemos contemplar la belleza de la flor del cerezo. Y allí el silencio trae pensamientos y reflexiones. Pîenso en los cerezos japonenses. Pienso y leo a Rosa Mª Lencero. Un artículo publicado en el diario Hoy, y que merece ser releído y soñado.

Haikú del emperador

DEL violeta de las nubes / al morado de los iris / se dirige mi pensamiento». Aspiro un crisantemo de pena por el pueblo japonés. Otra vez más la Tierra azotó su rama negra de rabia. Estamos consternados por imágenes de violencia incontenida de un mar que ha dado a pintores japoneses veleros de algodón y gaviotas místicas, en acuarelas donde el cinabrio rojo es sol naciente sobre violeta de las aguas. Del bambú en jardín verde malaquita, la flor blanca del ciruelo, la orquídea o rosado cerezo, no queda nada. Archipiélago asentado sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, nos lega infinitas estampas del Monte Fuji sobre seda o papel de arroz. Pinturas y grabados japoneses son de una espiritualidad permanente entre hombre y naturaleza, pero con una armonía transitoria, tan fugaz y frágil, como las paredes de madera y papel que hacen espacios vivos a las casas niponas. Sobre esa inestabilidad geológica donde se asienta Japón, de las más fluctuantes de la tierra, surge la fricción y colisión de las placas tectónicas que concentran más terremotos y volcanes. Los niños lo aprenden rápido y se resignan a llevar sobre la cabeza capuchitas sísmicas como gnomos de cuentos.

Los haikús son esencia de poesía japonesa. «Noche de escarcha. / ¿Cómo dormir / si el mar no duerme?» No duerme el mar. La gran ola de Kanagawa es una monstruosa mole de agua en tinta negra con un azul de Prusia encabritado de espuma en espirales terribles. Así fue. Un terror en el grabado y en la realidad, el océano engullendo ciudades vivas que se transforman en muertas: «A la primavera que pasa / las aves cantan / y son lágrimas los ojos de los peces». Entre tanta desolación apocalíptica encoge ver calles desérticas ordenadas de escombros, filas de personas educadas largas como un ciempiés dormido, enterramientos alineados en perfecto orden. «Un ruido. / Cavan una fosa / detrás de las camelias». Y Akihito, el soberano celestial, el emperador del Japón, el Enviado del Cielo, bajó del Trono del Crisantemo y habló: Cuídense unos a otros. Mi reverencia han sido estos haikús de poetas japonesas, de mujeres de alma y verso que estos días cubren de amor la tierra anegada de Japón. «Cortando la paja / bajo estrellas marchitas / mi guadaña golpea una tumba». Todos esperaremos el sol naciente de oriente, una vez más.

 

 

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